Con una amiga, empecé a salir a comer a diferentes restaurantes de comida internacional, a "recorrer el mundo" decíamos, si íbamos a comer sushi a un restaurante japonés, pues decíamos que habíamos estado en Japón, entonces habíamos ido a comer a Argentina, España, Mongolia, Brasil, Polonia, etc.
Queríamos ir a un restaurante argentino que se llama Aquí es, en el cerca del Parque Metropolitano La Sabana, dimos vueltas y vueltas y no lo encontrábamos, cuando lo hicimos, estaba cerrado.
Resignados, pues decidimos ir a Lubnan, un restaurante libanés que se encontraba a 7 u 8 cuadras de ahí, para eso teníamos que montarnos sobre el Paseo Colón.
Cuando llegamos a la esquina y hacer el semáforo, nos encontramos al camión de la basura. La escena, la que todos conocemos, montañas de bolsas de basura, un camión destartalado apestoso y ruidoso, la conglomeración habitual de carros por lo lento que camina y los colectores de desechos urbanos atareados en sus labores. Como quedamos justo en la esquina y en primera fila, pues no nos quedaba otra que contemplar la escena mientras hablábamos, hasta que pongo atención a los colectores de basura, no eran viejillos gordos y feos. Eran tres jóvenes.
Y fue en ese momento que el tiempo se detuvo, uno de ellos era rubio, musculoso, de ojos claros, sonriente, guapo, de grandes y gruesos brazos, pecho prominente y espalda ancha. Su mono le sugería un buen trasero y hermosas piernas. En ese instante, la noche se convirtió en día, se empezaron a escuchar voces de los coros celestiales. A mi amiga y a mí se nos cayó la baba y la quijada, nuestra cabeza giró hacia el lado derecho.
Era como ver una aparición de un ángel en medio de la mugre y la podredumbre, era como sentir un aroma de rosas en medio de la pestilencia. Simplemente no lo podíamos creer, que semejante hombre, macho, masculino, hermoso y fuerte estuviera haciendo ese trabajo. Nos quedamos los dos como idiotas, contemplábamos a ese semental, como estupidizados, idos, absortos, ausentes. En ese momento, nuestro universo se redujo a esa visión, cara a cara con un dios griego descendido del Olimpo.
No tengo noción de los segundos o minutos que duró esa experiencia casi religiosa, el sonido de las pitoretas de los otros automóviles nos sacó de ese trance y nos regresó a nuestro espacio tiempo. Dolorosamente teníamos que avanzar. A pesar de que los compañeros del modelo este se dieron cuenta de mi cara de playo en plena con-templazón (contemplación) y hacer mofa de ello, mi cuello casi se transforma en el de la niña de El Exorsista en un giro de 180º.
Ese instante glorioso nos sacó de órbita, llegamos al restaurante libanés y buscamos la mesa más próxima a la ventana a la espera de que pasara de nuevo ese hombre tan bello, queríamos verlo aunque fuera un instante más. Casi, casi entramos directo a la cocina a pedir la basura y esperar al camión recolector con bolsas en mano, pero vale, que era la vida real y no una comedia de Hollywood.
En otra ocasión, mientras regresábamos del Club Oh!, justo detrás del Teatro Nacional, veo un camión recolector y le grito a mi amiga: - ¡¡Silvia!! (nombre ficticio) ¡¡el camión de la basura!!!! y grita: -¡¡¡¡Ahhhhhhhhhhh!!!!!- Ahí estaba y empezamos a gritarle: -¡¡¡Ricooooo, mi amoorrr!!!, ¡¡¡¡Sabrosoo!!- A lo que él nos responde con un saludo!!.
Mi amiga, nos decía que ese muchacho tenía que ser modelo, no podía dedicarse sólo a eso y que era muy indignante llamarlo recolector de basura, para darle más categoría a este agente de recolección de desechos sólidos urbanos, le llamó El Basurólogo.
De ahí en adelante, el hermoso basurólogo se convirtió en un mito urbano, muchos dicen haberlo visto y contemplado y muchos otros se han quedado con las ganas. Cada vez que veo un camión de basura en el turno nocturno, cambio de rumbo y paso junto a él con la esperanza de de ver de nuevo a este increíble y guapo varón.
Saludos.

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